La Blasfemia contra el Espíritu Santo
Dentro de la tradición cristiana, una de las cuestiones más complejas en su interpretación ha sido la llamada «blasfemia contra el Espíritu Santo». Diversas interpretaciones han provocado temor, condenación y confusión entre el pueblo de Dios, especialmente por el calificativo que Jesús le otorga como un «pecado imperdonable».
Este post presenta una interpretación de Mateo 12:22–37, pasaje en el que Jesús confronta a los fariseos, a quienes acusa de blasfemar contra el Espíritu Santo. El argumento central plantea que dicha acusación corresponde a una negación pública, consciente y deliberada de la acción del Espíritu en Jesús, con el propósito de alejar al pueblo de la vida y el reino que Dios está trayendo a través de Él, especialmente por parte de aquellos que ejercen autoridad sobre Israel.
Para sustentar esta tesis, en primer lugar se analiza el contexto y la ubicación de esta perícopa dentro del arco narrativo del Evangelio según Mateo. En segundo lugar, se estudia la conversación entre Jesús y los fariseos, de donde se desprende una definición teológica de la blasfemia contra el Espíritu. Finalmente, se describe el juicio asociado a esta acción: la exclusión del reino de Dios que Jesús está manifestando en Israel y en la nueva era posterior a la destrucción de Jerusalén.

Posición y Contexto del Pasaje Dentro de la Narrativa de Mateo
El pasaje de estudio (Mateo 12:22–37) se encuentra dentro de una sección narrativa de Mateo en la cual Jesús sigue predicando y realizando obras poderosas que dan vistazos de su identidad. Estas acciones provocan respuestas encontradas: algunos lo aceptan, otros lo rechazan. Esta sección se abre con la pregunta que hacen los discípulos de Juan a Jesús: «¿Eres Tú el que ha de venir, o esperaremos a otro?» (11:3 NBLA). A partir de aquí, las siguientes escenas giran en torno a discernir la identidad de Jesús, hasta culminar en la declaración de Pedro y los discípulos, reconociéndolo como el Mesías (16:13–20).
La perícopa comienza con la palabra «entonces» (12:22), indicando su conexión con los acontecimientos anteriores. Jesús ha declarado que ha venido a traer descanso a su pueblo (11:29), lo cual es demostrado de dos maneras: primero, en su interpretación de la ley —particularmente en relación con el sábado—, que da prioridad a la vida y la misericordia sobre la restricción (12:1–8); segundo, en sus obras de sanidad, que también reflejan su visión del sábado como un día de restauración (12:11–13).
Los fariseos, sin embargo, rechazan tanto su interpretación como sus acciones, y comienzan a tramar su destrucción (12:14). Jesús, a su vez, interpreta estas reacciones como el cumplimiento de Isaías 42: Él es el Siervo escogido en quien Dios se complace y sobre quien ha puesto su Espíritu (cf. Mt 12:18; Is 42:1). Esta es la identidad que se discute en la escena que sigue. Jesús actúa por el Espíritu de Dios, pero los fariseos afirman que lo hace por medio de Beelzebú (Mt 12:24).
La Enfermedad de los Líderes de Israel
La escena comienza con un enfermo que es traído a Jesús, el cual tiene tres conflictos: está endemoniado, ciego y mudo (12:22). Estas tres características son un prototipo de la condición de los escribas y fariseos. Ellos acusan a Jesús de expulsar demonios por Beelzebú, «el príncipe de los demonios» (12:24), pero en realidad ellos son los que están asociados con endemoniados. Lo cual se evidencia en su incapacidad de reconocer a Jesús y en las palabras que formulan contra Él. Están enfermos en su vista y su habla. Ellos se oponen a lo que el Espíritu de Dios está haciendo a través de Jesús (12:30). Con lo cual están dividiendo la casa de Israel (12:25).
Los fariseos han hablado contra Jesús y contra el Espíritu Santo (12:32). No pueden hablar cosas buenas siendo malos, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (12:34). De toda palabra vana se dará cuenta en el día del juicio (12:36). Por las palabras se es justificado o condenado (12:37). Todas estas sentencias dadas por Jesús, muestran que el tema central de la perícopa es la forma en que se emplean las palabras. Al igual que el mudo que es traído delante de Jesús, los fariseos están enfermos en su habla.
El tema de la ceguera se presenta en la sección posterior, cuando los escribas y fariseos piden a Jesús «ver una señal» (12:38). Ellos han estado viendo muchas señales de parte de Jesús, pero, aun así, no pueden ver quién es Él, sino que lo rechazan. Son una «generación perversa y adúltera» (12:39). Están ciegos. Al igual que aquel que trajeron a Jesús, están endemoniados, ciegos y mudos.
El Siervo de Isaías 42
Anteriormente, el autor de Mateo identifica a Jesús con el siervo de Isaías 42. Al continuar leyendo los capítulos 43–44 encontramos referencias que parecen conectar con esta escena. En 43:8 habla de un pueblo «ciego, aunque tiene ojos» y «sordos, aunque tienen oídos». Este es el pueblo con el que Jesús está hablando, representado por el endemoniado ciego y mudo. Ellos debían ser los «testigos» del siervo escogido (véase 43:9–12). En cambio, ellos no lo han invocado (v. 23) y sus voceros se rebelaron contra Él (v. 27), por tanto, vendrá juicio sobre ellos (v. 28).
La temática continúa en el capítulo 44. Los «testigos no ven ni entienden, por eso serán avergonzados» (v. 9). «Ellos no saben ni entienden, porque Él ha cerrado sus ojos para que no vean y su corazón para que no comprendan» (v. 18), tal como Jesús lo expresará más adelante al explicar por qué predicaba con parábolas. Isaías señala que aquellos que no ven y comprenden se han postrado ante un ídolo (vv. 17, 19). Los fariseos se han rendido ante la tentación de Satanás. Están endemoniados. Sin embargo, en su ceguera y la enfermedad de sus palabras, acusan a Jesús de aquello de lo cual ellos están enfermos.
El Debate: ¿Acaso No es Este el Hijo de David?
Jesús sana al endemoniado, ciego y mudo que es traído delante de Él (12:22). Ante este acto de poder, se contrastan dos reacciones: (1) La de la multitud, quienes estaban «asombradas» y preguntaban «¿Acaso no es este el Hijo de David?» (v. 23); y (2) la de los fariseos, quienes afirmaban «Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú» (v. 24). Aquí se muestra la conexión con toda la sección narrativa que se trata de discernir la identidad de Jesús.
A lo largo de la narrativa de Mateo se ha mantenido cierta incógnita sobre la identidad de Jesús. Él no anuncia directamente quién es Él. Tampoco permite que otros lo anuncien. Pero esta obra milagrosa empieza a plantear en la multitud la pregunta sobre su identidad. Warren Carter señala que la forma en que la pregunta está articulada en el griego original se inclina hacia una respuesta negativa, aunque no descarta la opción afirmativa[1]. Es decir, según Carter, la multitud, aun viendo el milagro, se inclinaba negativamente a reconocer que Jesús es el Mesías esperado de Israel. Sin embargo, la reacción de los fariseos indica lo contrario: la multitud se estaba inclinando a favor de Jesús y los fariseos lo difaman públicamente con la intención de apartar al pueblo de Él.
La Blasfemia Contra el Espíritu Santo
La respuesta de los fariseos es llamada por Jesús una «blasfemia contra el Espíritu» la cual «no será perdonada» (12:31). El peso de esta acción es tan negativo que Jesús asegura que «todo pecado y blasfemia será perdonado» (12:31), incluso «cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero» (12:32). Un error interpretativo constante ha sido generalizar la blasfemia contra el Espíritu Santo sin considerar el contexto concreto en el que se está declarando. Como si cualquier pensamiento o palabra negativa contra el Espíritu pusiera a la persona en un estado de condena eterna. Para interpretar acertadamente, es necesario comprender exactamente qué clase de palabras se están hablando contra el Espíritu y en qué forma se anuncian.
Esta sección presenta la blasfemia contra el Espíritu Santo como una negación pública deliberada de que el poder del Espíritu Santo es el que actúa en Jesús para cumplir los planes de Dios a su pueblo Israel, con el propósito de apartar a las multitudes del reino que el Espíritu trae a través de Jesús. No es una duda, pecado inconsciente o ciertas palabras negativas contra el Espíritu, sino un ataque frontal que fragmenta al pueblo de Dios y lo aparta de la fuente de vida del Espíritu. Esta definición se puede construir a partir de las siguientes observaciones del diálogo de los fariseos en contra de Jesús y la obra del Espíritu a través de Él.
Los Fariseos Niegan que la Fuente del Poder de Jesús sea el Espíritu de Dios
Ante la pregunta de las multitudes, los fariseos responden: «Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú, el príncipe de los demonios» (12:24). Mateo acaba de presentar a Jesús como aquel en quien está el Espíritu de Dios (12:18), los fariseos dicen que la fuente del poder de Jesús no es el Espíritu Santo, sino Beelzebú.
El término Beelzebú es utilizado en el evangelio de Mateo como aquel que se opone a los propósitos de Dios[2], el dios que fragmenta a Israel[3], y es también sinónimo de Satanás (12:26). Esta es una difamación pública de la obra y la enseñanza de Jesús, presentándolo como un líder que aparta al pueblo de los propósitos de Dios, cuando en realidad son los fariseos con sus palabras los que lo están aportando del poder del Espíritu.
Jesús continúa presentando un argumento que demuestra que la acusación de los fariseos no tiene ningún sentido lógico. Primero, muestra que afirmar que Satanás expulse a Satanás implicaría una división en su propio reino, por lo cual este no prevalecería (12:26). No tiene ningún sentido que Satanás divida su propio reino. La condición del endemoniado, ciego y mudo, refleja la opresión que sufría el pueblo, por lo cual su sanidad debería ser suficiente para descalificar a Beelzebú como el hacedor del milagro. El opresor no puede ser al mismo tiempo el liberador.
En segundo lugar, Jesús señala que los «hijos de los fariseos» también expulsan demonios (12:27). El término «hijos de los fariseos» parece ser ambiguo. De acuerdo a Keener podría interpretarse como miembros de su propio grupo o sus discípulos —tal como se usa el término «hijos de los profetas» en el Antiguo Testamento[4]. Sea cual sea el significado exacto de «hijos», acusar a Jesús implicaría que también tendrían que acusarse a ellos mismos o a las personas asociadas a ellos.
Después de esta argumentación, Jesús presenta de quién es ese poder por el cual expulsa a los demonios. Es mediante el Espíritu de Dios que Jesús expulsa a los demonios, y esta es la demostración del mensaje que ha venido predicando, «arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado», en realidad ha llegado (12:28).
La expulsión de demonios por el Espíritu es la demostración del mensaje de Jesús y su identidad como el siervo de Isaías. Los fariseos no pueden reconocer esto y más bien se oponen. Ellos están en contra de Jesús (v. 30). Ellos están dividiendo la casa de Israel. Están siendo influenciados por el reino de Satanás, queriendo alejar a las personas del reino de Dios.
En el v. 29, Jesús añade un tercer contraargumento a la acusación de los fariseos. El que Él esté expulsando demonios es una señal de que está saqueando la casa del hombre fuerte y, por tanto, que ha atado al «hombre fuerte». Este hombre fuerte es Satanás —y los fariseos que están actuando contra los propósitos de Dios—, quien tenía cautivo al pueblo de Israel. Jesús ha estado saqueando la casa del hombre fuerte, rescatando a aquellos que estaban cautivos. De esa manera se muestra nuevamente que Él está en contra de Satanás, no actúa por medio de su poder.
Los Fariseos Difaman Públicamente a Jesús
Es importante notar que las palabras de los fariseos en contra de la obra del Espíritu a través de Jesús se dan en un contexto público. El peso de sus palabras como líderes de Israel están teniendo un efecto sobre las multitudes, apartándolos de la fuente de su sanidad. En ese sentido, podemos decir que la blasfemia contra el Espíritu es una difamación pública de la obra del Espíritu a través de Jesús, sobre todo por aquellos que tienen autoridad[5].
Definir la blasfemia contra el Espíritu como una difamación pública se acentúa al observar cómo es presentada esta escena en los otros evangelios sinópticos. En el evangelio de Marcos, esta historia se encuentra en los versos 3:20–22. En este caso, no se presenta al endemoniado, ciego y mudo a quien Jesús expulsa el demonio, pero sí una gran multitud siguiendo a Jesús. Nuevamente, es frente a estas multitudes que los maestros de la ley difaman públicamente a Jesús al decir que expulsa demonios por Beelzebú.
En Lucas 12:8–10, el tema de la blasfemia contra el Espíritu Santo se da en el contexto de la confesión pública frente a una multitud creciente que seguía a Jesús (Lc. 12:1). Aquí no aparecen ni el endemoniado ni los fariseos o maestros de la ley. Pero la forma en que Jesús reprende la blasfemia contra el Espíritu acentúa su carácter público, contrastando el negarlo o confesarlo «delante de los hombres». De esta manera, es claro que todos los evangelios muestran consistentemente que la blasfemia contra el Espíritu Santo es una acusación pública de la obra del Espíritu de Dios a través de Jesús, con el propósito de alejar al pueblo de la vida que el Espíritu está trayendo a través de Jesús.
El Juicio por Blasfemar Contra el Espíritu
El tema de la blasfemia contra el Espíritu es controversial por el juicio que Jesús da a esta acción. Jesús dice «que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada… al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero» (12:31–32). ¿Por qué este pecado es imperdonable? ¿Qué clase de juicio se espera por este pecado?
Para responder estas preguntas es necesario, en primer lugar, reconsiderar el concepto de perdón de pecados en el pensamiento hebreo. Más allá de una abstracción en un futuro escatológico distante, a lo largo de la memoria de Israel, la paga del pecado se ha experimentado como la muerte en el exilio. Por tanto, ser perdonado implica ser liberado de las condiciones de opresión y sufrimiento en las que se encuentran, tal como Dios lo hizo en el Éxodo. El perdón de los pecados se trata de la transformación de las condiciones y deudas que se heredan de la maldad de los antepasados que no permiten disfrutar de la sanidad de la tierra[6]. Por tanto, el no ser perdonados sus pecados significa ser excluidos del futuro de sanidad de la comunidad que Jesús y su reino están trayendo.
La obra del Espíritu está trayendo el reino de Dios y desplazando el reino de Satanás (12:26). Con sus palabras, los fariseos están fragmentando al pueblo de Israel, excluyéndolos de la vida y poder liberador del Espíritu que Jesús está trayendo, y así, excluyéndose a ellos mismos. Son insensatos que están construyendo una casa sobre la arena que los vientos del juicio destruirán (7:26–27). Están dividiendo la casa de Israel, convirtiéndola en «casa dividida», la cual «no se mantendrá en pie» (12:25). Esta fragmentación se materializó a tal punto que desencadenó una guerra civil (66 d.C.) que destruyó la casa de Israel y conllevó la destrucción de Jerusalén y su Templo, borrando y excluyendo para siempre a aquellos que blasfemaron contra el Espíritu.
Decir que el poder del Espíritu —la fuente de vida del pueblo que sana, liberta y restaura— divide y deshace a Israel, marginará a los pastores de Israel de la cultura de bendición y cuidado mutuo que Jesús está formando en Israel. Se encontrarán rechinando los dientes en amargura. Serán conocidos en generaciones futuras por palabras que desviaron de la vida. Serán desplazados del momento del reino de Dios y la nueva era después de la destrucción de Jerusalén[7].
El Juicio por las Palabras
En los siguientes versículos (12:33–37), Jesús generaliza este juicio, indicando que las palabras de las personas revelan su corazón (vv. 33–34). Por tanto, por sus palabras serán justificados o condenados (vv. 36–37). Esta generalización permite que todo el pueblo de Dios hasta nuestra generación —sobre todo aquellos con autoridad— reflexione en el peso que nuestras palabras tienen para llevar a otros a la vida del Espíritu o apartarlos de ella, así, excluyéndose también a nosotros mismos.
Este cierre muestra que el tema central de todo el pasaje gira en torno al correcto uso de las palabras. Tal como hizo al endemoniado mudo, Jesús está trayendo sanidad a los labios de su pueblo. Un pueblo que no habla palabras vanas (12:36), que su «sí» es «sí» y su «no» es «no» (5:37). Un pueblo cuyas palabras participan de la justicia y no acarrean condenación eterna. Por el contrario, aquellos que deciden usar sus palabras para excluir al pueblo de este futuro de sanidad, terminan excluyéndose a sí mismos eternamente.
Conclusión
La interpretación de Mateo 12:22–37 nos lleva a una comprensión mayor de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Como se mostró, esta acción no se refiere a un pecado accidental o a una duda ocasional sobre la obra de Dios, sino a una negación pública, consciente y deliberada de la acción del Espíritu en Jesús, con la intención de alejar al pueblo de la vida y el reino que Él está trayendo. Esta blasfemia representa una postura que divide y fragmenta a la comunidad del pacto, alejándola de su sanidad.
Así, el pecado es imperdonable por su propio impacto destructivo, que niega el acceso a la fuente misma del perdón y la vida. En contraste, Jesús, el siervo de Isaías 42, actúa por el Espíritu, sanando, liberando y restaurando a su pueblo.
Esta escena nos invita a examinar no solo nuestras creencias, sino nuestras palabras y posturas públicas ante la obra de Dios. Nos llama a dar un mayor peso a nuestras palabras y el efecto que tienen en el pueblo de Dios, incluyéndonos o excluyéndonos de la vida del reino de los cielos que se ha inaugurado a través de Jesús.
[1] Warren Carter, Matthew and the Margins: A Sociopolitical and Religious Reading, vol. 204, Journal for the Study of the New Testament Supplement Series (Sheffield, England: Sheffield Academic Press, 2000), 272.
[2] Carter, 204:229–230.
[3] Tommy Givens, «Comentarios de Mateo 11–13» (Grabación de audio, NE517: Mateo, Fuller Theological Seminary, 2025).
[4] Craig S. Keener, The IVP Bible Background Commentary: New Testament, vol. Second Edition (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2014), 77, https://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=nlebk&AN=684833&site=ehost-live&scope=site.
[5] Tommy Givens, «Jesús altera la paz público y perturba a su pueblo con parábolas (Mt. 11–13)» (Grabación de audio, NE517: Mateo, Fuller Theological Seminary, 1 de mayo de 2025).
[6] Givens.
[7] Givens, «Comentarios de Mateo 11–13».
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