1. Un liderazgo aparentemente religioso pero sin justicia y misericordia
La primera gran confrontación de Jesús con los líderes de Israel gira en torno a su hipocresía y su comprensión distorsionada de la justicia. Los escribas y fariseos, llamados a modelar la justicia conforme a la Ley y los Profetas, fueron denunciados por Jesús desde el Sermón del Monte: «si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 5:20 NBLA).
Jesús critica la supuesta justicia de estos líderes, quienes realizaban obras (oración, ayuno, dar limosnas) para ser vistos públicamente, buscando el reconocimiento de las masas y crear una imagen pública que les diera estatus (6:1–8), pero en lo privado no honraban a Dios. Se jactaban de los sacrificios que hacían, pero no practicaban la misericordia, algo esencial de la enseñanza y vida de Jesús que se resumía en la cita de Oseas: «Misericordia quiero, y no sacrificio» (9:13; 12:7). Se sentaban en la «cátedra de Moisés», pero no practicaban lo que enseñaban. En lugar de eso, ataban cargas pesadas que ni ellos están dispuestos a mover. Hacen todo por ser vistos. Aman los lugares de honor, el respeto de la gente y los títulos enaltecedores (23:2–7).
Esta crítica sigue vigente. Las estructuras que hemos creado en la iglesia, suelen enfatizar la enseñanza pública como la parte central del ministerio. Los líderes predican constantemente a multitudes con las que no tienen un lazo relacional real. Esto se incrementa con el auge de los medios de comunicación masiva y redes sociales, donde la imagen del líder es construida principalmente por su discurso público y poco por su vida. Ante estas circunstancias, es fácil caer en la tentación de ensañar desde la cátedra de Moisés —o aun desde la cátedra de Jesús—, y no vivir lo que se enseña. Podemos disfrutar del placer de los aplausos, elogios, «likes», a causa de las predicaciones que damos, de las oraciones públicas que hacemos, de las conferencias en las que somos invitados y dejar de lado la práctica de la misericordia. Podemos decir a las personas que hacer, y creer que por el «gran sacrificio» que hacemos es irrelevante sentarnos a la mesa con las personas que estamos liderando para, con amor y misericordia, ayudarles a llevar sus cargas, compartiendo el pan con aquellos que pareciera que no tienen nada que ofrecer a nuestro estatus.
La misericordia, para Jesús, no era solo un sentimiento interior, sino la práctica concreta de la justicia de Dios. Podemos volvernos líderes meticulosos en las pequeñas cosas, y descuidar «los preceptos más importantes de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad» (23:23).
2. Un liderazgo que busca multitudes para sí y no para Cristo
Una segunda confrontación ocurre cuando los líderes de Israel intentaron apartar a las multitudes de Jesús —quien ofrecía descanso, alimento y vida a su pueblo— por medio de difamaciones públicas que buscaban deslegitimar la obra del Espíritu a través de su vida. Cuando Jesús sanaba a los endemoniados y enfermos, las multitudes se asombraban y comenzaban a cuestionarse si Él era el «Hijo de David» que estaban esperando. Los fariseos, en su deseo de mantener el control sobre las masas, aprovecharon su autoridad respondiendo: «Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú, el príncipe de los demonios» (9:34, 12:24).
Esta blasfemia era tan grave que Jesús la categorizó como un pecado que excluía a estos líderes del perdón de Dios (12:32). Esta blasfemia era una denuncia por parte de los líderes de Israel que excluía a su pueblo de la vida y poder transformador del Espíritu a través de Jesús. En lugar de guiar al pueblo hacia esta vida, ellos estaban desparramando a las ovejas, creando fragmentación y división dentro del pueblo (12:30). Esa clase de liderazgo termina por auto-excluirlos de la vida del reino de los cielos que Jesús ofrecía.
Un liderazgo que busca ganar seguidores, mas que el que estos experimenten plenamente el reino de Dios, termina creando fragmentación. ¿Qué sucede cuando alguna persona está encontrando mayor vida en otra congregación, comunidad o célula? Los líderes de esas comunidades se ven tentados a usar todos sus recursos para que esa «oveja» no se vaya de su redil, aun si esa persona está mejor en otro lugar. Nuestro deseo de control puede llevarnos a usar el recurso de la difamación de otros líderes y comunidades para mantener a las personas detrás de nosotros, aun si eso implica apartarlas de la vida del Espíritu. Esta actitud no solo fragmenta al cuerpo de Cristo, sino que termina excluyendo al líder mismo de la vida del Reino.
La misma lógica aplica en otras esferas, como la política. Líderes que, por mantener el control de las masas, les niegan el acceso a la vida de Dios y sus beneficios de justicia, paz y descanso. Es un liderazgo que destruye, no que edifica.
3. Un liderazgo que construye alianzas destructivas
para incrementar su poder y control
El tercer y más destructor conflicto surge de la alianza entre diferentes élites religiosas, económicas y políticas, con el propósito de preservar su poder y estatus, lo cual culminó en la crucifixión de Jesús y, posteriormente, en la destrucción de Jerusalén y su Templo. Desde los inicios del relato, vemos a Herodes buscando ayuda de los sacerdotes y escribas para encontrar la ubicación del nacimiento de Jesús con el propósito de eliminarlo (2:4). Esa dinámica de colaboración violenta persiste en la narrativa y se va incrementando.
A medida que Jesús ganaba más seguidores, se volvía una amenaza para las estructuras de poder y el orden establecido. Los fariseos, saduceos, herodianos y romanos —grupos que normalmente eran rivales—, encontraron un enemigo en común en Jesús, y se aliaron para matarlo en una cruz. Las multitudes fueron manipuladas y envueltas en esta conspiración, quienes clamaron: «Caiga Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (27:25), sin saber que irónicamente estaban evocando la misión por la cual Jesús vino.
Tras la muerte de Jesús. los líderes corrompidos de Israel creyeron que habían logrado su objetivo de mantener el poder y control sobre el pueblo. Sin embargo, Jesús resucitó y fue Él quien en realidad recibió toda autoridad en el cielo y en la tierra (28:18). La propia violencia de los líderes de Israel fue desencadenando su propia autodestrucción, guiando al pueblo a una guerra civil que culminó con la destrucción violenta y horrorosa de Jerusalén y su Templo en el año 70 d.C. Jesús había estado anunciando esta «tormenta» desde el Sermón del Monte, y lo señaló más claramente en su discurso en el Monte de los Olivos, profetizando que no quedaría piedra sobre piedra en ese Templo (24:2).
Ese mismo tipo de alianzas se siguen viendo hoy en día en medio de nuestra comunidad. Pastores y líderes hacen alianzas entre ellos, con líderes políticos o líderes económicos, con tal de alcanzar objetivos personales. Terminan inclinándose ante los príncipes de este mundo para ganar su propio reino (4:8–9). Este tipo de alianzas que parecen traer distintas clases de beneficio a los líderes —control, dinero, estatus—, terminan guiando al pueblo hacia su caída. Pero Jesús y sus discípulos ofrecen una alternativa a las naciones, la alternativa de liderar y vivir de acuerdo al reino de los cielos, a lo cual nos siguen invitando hoy.
Conclusión: Buenas nuevas para los líderes
El Evangelio de Mateo narra el conflicto constante entre Jesús y los líderes de Israel, quienes, atrapados por la hipocresía, el control y la alianza con el poder, terminaron conduciendo a su pueblo a la ruina. Pero en medio de este oscuro conflicto, podemos ver una gran luz (4:16). Jesús es el Mesías vino a salvar al pueblo de sus pecados (1:21), y a inaugurar un nuevo liderazgo, fundado en la justicia, la misericordia y el servicio.
Su muerte, aun siendo una demostración de la violencia y maldad de los líderes de Israel, irónicamente fue el medio por el cual Dios conquistó el poder de la muerte y la maldad que gobernaba a su pueblo. La resurrección de Jesús cantó la victoria sobre sus opresores. La destrucción de Jerusalén mostró que ese camino solo trae llanto y crujir de dientes. Si podemos rendirnos hoy ante el camino de vida que Jesús nos muestra, podremos experimentar esa salvación, esa vida de paz y bendición bajo el gobierno del Mesías. Si estamos dispuestos a soltar nuestro deseo de estatus, poder, y reconocimiento a causa del Mesías, negándonos a nosotros mismos para seguir el camino de la cruz, en realidad encontraremos la vida (16:24–25). «Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma?» (16:26).